ROBERTO GIUSTI
EL UNIVERSAL
Si la abstención fue causa de la derrota de muchos
candidatos, también es justicia afirmar que se convirtió
en la salvadora de los burócratas del CNE.
Ya en la mañana Jorge Rodríguez se ufanaba de que,
salvo detalles intrascendentes, el proceso se desarrollaba
con toda "normalidad". Pero lugares comunes aparte, Rodríguez
omitió, hasta que ya no pudo evitarlo, el detalle de
la afluencia mínima de votantes, la cual finalmente desestimó
con el argumento según el cual históricamente los
niveles de abstención suben en elecciones regionales.
Un pretexto válido si las cifras de ayer se correspondieran
con las de comicios anteriores, lo cual no parecía
ser el caso. De manera que si los niveles de participación
resultan ser los más bajos en la historia electoral
venezolana, uno de los principales responsables de este
retroceso político debe ser el CNE.
Un organismo que en apenas poco más de un año
de funciones se ganó la desconfianza plena de la
mayoría de los electores, quienes, con razón
o sin ella, se negaron a participar en las elecciones
persuadidos de que se harían cómplices de un
enorme fraude montado por quienes, precisamente, están
obligados a defender y garantizar su derecho de elegir.
Pero si la credibilidad del CNE fue derrotada por la
abstención, ésta, la auténtica vedette
de ayer, se constituyó en la salvadora providencial
del CNE al evitar un colapso operativo y un desastre
político, inevitables si la afluencia de votantes
hubiera sido la misma del pasado 15 de agosto. De manera
que a esta hora en que usted tiene el periódico
en sus manos, todavía habría gente esperando
para votar o hace muchas horas habría desistido
de hacerlo.
Primero las inconsistencias técnicas, las discrepancias
entre el voto electrónico y el manual detectadas
en algunos estados como Yaracuy y luego lo engorroso
de un proceso donde la carencia de información
iba desde la forma de votar hasta la identidad de
los candidatos. Así, con todo y los pocos votantes
hubo colas considerables y mucha gente debió
esperar hasta tres horas para pulsar el botón
de las veleidosas maquinitas de Smarmatic.
En fin, una jornada melancólica y gris en
la que quienes se decidieron por el voto lo hicieron
sin entusiasmo, sumidos en una suerte de fatalismo
e impulsados más por la frustración que
por el vigoroso impulso de sentir que estaban moviendo
la historia.
Esta actitud, perceptible sobre todo entre los
votantes de oposición, quienes antes que
pronunciarse a favor o en contra de una gestión,
un programa de gobierno o por la solución
de sus problemas inmediatos, lo hicieron por no
dejar y para impedir que el control total del
poder regional pasara a manos del chavismo.
En todo caso, la oposición fue a las regionales
en el peor de los escenarios. Transida en el
dilema de votar o no votar y, por tanto, haciendo
ambas cosas a medias. Dividida para gobernaciones
que con un solo candidato hubieran podido ser
ganadas. Y tan desmovilizada que no se percibe
celebración en caso de triunfo o de protesta
ante derrotas consideradas fraudulentas.
No luce mucho mejor el chavismo que, pese
a la conquista de nuevos espacios, depende,
antes que de líderes naturales en las
regiones, del arrastre del jefe, sin cuyo
concurso no serían estos supuestos dirigentes
sino los fracasados que siempre fueron.