ROBERTO GIUSTI
EL UNIVERSAL
Nunca se habría imaginado Danilo Anderson que su muerte
terminaría convirtiéndose en la más acabada
expresión del estruendoso fracaso por imponer un régimen
totalitario. A poco menos de cuatro años del macabro
episodio de Los Chaguaramos y todavía impune el crimen,
el caso del joven fiscal termina explotándole en la cara
a a títeres y titiriteros con sus secuelas de corrupción,
arbitrariedad, abuso de poder y una sórdida cadena de
crímenes que tienen un solo origen: la concentración
casi ilimitada del poder en un solo puño.
Y decimos "casi ilimitada" porque el proceso de acumulación
de los controles sobre los poderes públicos y también
sobre los fácticos, si bien funcionó con eficacia
en la generalidad de los casos, en otros, como los medios
de comunicación, no logró cerrar el círculo
y por esas grietas se le desfondó el tinglado de la dominación
total.
Aquí no se trata sólo del sometimiento del sistema
judicial o de la Fiscalía, sino de todo el aparato estatal
que actúa como un todo, manejado desde un centro de poder
que, en casos como el de Anderson, ejecuta todo tipo de arbitrariedades,
garantiza impunidad, pervierte las investigaciones, condena
inocentes, fabrica testimonios, compra testigos, adultera
actas y utiliza a la justicia como arma política en una
cadena que atraviesa a todas las instituciones: desde jueces
y fiscales hasta funcionarios del gobierno, militares, policías,
parlamentarios.
Soberbios y chambones
No fue sino la garantía de impunidad la que habría
llevado a Anderson a negociar con quienes aparecían en
la lista del 11 de abril, causa principal, como todo pareciera
indicar, de su asesinato.
Esa misma impunidad le habría permitido al entonces
fiscal Rodríguez y a sus subordinados desviar las investigaciones
de su derrotero original, con lo cual no sólo dejaban
a los verdaderos autores (tanto materiales como intelectuales)
salirse de la suerte, sino inculpar y por tanto neutralizar
a supuestos y peligrosos enemigos políticos del régimen.
Son dos los elementos clave para comprender cómo y por
qué se derrumba el montaje: uno es la sensación
de dominio absoluto. Todo está atado y bien atado, los
mecanismos se han integrado armoniosamente, no hay fisuras,
somos inalcanzables. Y el otro, como consecuencia del anterior,
la chambonada, el descuido, la manera chapucera y descarada
de atar los cabos, derivada no sólo de esa sensación
de poder, sino de su incapacidad y carencia de elegancia a
la hora de armar una trama medianamente potable.
Y aquí enlazamos por el principio. De no existir medios
independientes y periodistas no sólo valientes sino acuciosos,
incluso a pesar de las inconsistencias y contradicciones de
la versión de la fiscalía, hoy en día el caso
estaría cerrado, con un grupo de inocentes purgando condenas
injustas y la opinión pública totalmente sometida
a la versión manipulada de los medios oficiales.
La existencia de esa opinión pública consciente
e informada permitió la derrota de la reforma constitucional,
que no era otra cosa sino la institucionalización del
modelo totalitario. Y son esos resultados electorales la causa
, entre otras, de la deriva que ha tomado ahora el caso Anderson.
La sagrada palabra
La monolítica estructura de poder armada a lo largo
de los primeros ocho años de gobierno se asentaba sobre
una base legítima: el apoyo popular. Hugo Chávez
estaba liquidando la democracia a través de uno de sus
instrumentos básicos (el voto). El predominio de su discurso
y la credibilidad que despertaba entre las mayorías lo
hacían invulnerable a las denuncias de los medios. Su
palabra era sagrada, incluso cuando quedaba en evidencia el
divorcio entre la forma de imponer su hegemonía política
y las normas éticas que deben caracterizar la actitud
de un jefe de estado.
Por eso, aunque todas las taras y mitos del caso Anderson
fueron denunciadas desde el principio por medios y periodistas,
el control de los poderes, de la mayor parte de la opinión
pública y el respaldo popular, actuaban como capa protectora
de la tramoya. Chávez y lo suyos eran impermeables.
Lo que Luisa sabe
Ahora Anderson sale del olvido, las denuncias de antes siguen
siendo las mismas, pero adquieren un peso inédito. Lo
novedoso de esta resurrección es el cambio operado en
la estructura de poder.
La brecha abierta el 2D se ensancha y la aparición del
fiscal Contreras fue la señal de alarma. Ahora que ya
perdió la confianza de las mayorías, Chávez
se hace más vulnerable. Durante la promulgación
de la Ley de Policía Nacional intentó transmitir
la sensación de que sigue siendo el mismo de siempre
rodeándose de los representantes de los poderes y solidarizándose
con Isaías Rodríguez.
El mensaje es claro: todo sigue igual. Aquí mando yo
e Isaías es inocente así los hechos lo condenen.
Una forma de actuar comprensible si hubiera ganado el 2D.
Pero ocurrió todo lo contrario, la tentativa totalitaria
está cancelada y los intentos por relanzarla resultan
ya patéticos. Bastaba sólo verle la cara a Luisa
Ortega Díaz esa noche de la cadena para saber que ella
también lo sabe.