CARACAS, domingo 04 de enero, 2009 | Actualizado hace
Rimy Diego Mundaraín es uno de los dos venezolanos que entran en la lista de víctimas de minas antipersonales. Hace cuatro años que perdió una pierna en Apure por un dispositivo que se desplazó de la zona de riesgo (Cruz Sojo)
Un reproche internacional recibió Venezuela de una agencia
que hace vida en la Organización de Naciones Unidas.
Y en esta oportunidad nada tiene que ver con problemas bilaterales
o discursos políticos azuzados desde el mismísimo
imperio, sino de una deuda que el Gobierno nacional asumió
en 1999 y que -hasta ahora- no ha cumplido: eliminar las 1.073
minas antipersonales que rodean seis campamentos militares
de la frontera con Colombia.
Se trata de una de las conclusiones del informe Monitor de
Minas Terrestres 2008, presentado el pasado 21 de noviembre
por la Campaña Internacional para la Prohibición
de Minas Terrestres, que fue galardonada en 1997 con el Premio
Nobel de la Paz y reconocida en el mundo por luchar contra
las armas explosivas.
Aunque las autoridades nacionales nunca han desconocido el
compromiso de erradicar las minas, han ido aplazado el tema
dándole largas al asunto. En marzo de 2008 formalizaron
una solicitud para diferir el plazo ante el príncipe
de Jordania, Mired Raad Al-Hussein, quien presidió la
Convención sobre el Uso, Almacenamiento, Producción
y Transferencia de Minas Antipersonales, que se llevó
a cabo en esa fecha.
A través de un informe de 66 páginas firmado por
el coordinador general de los cursos y trabajos de desminado
del Ministerio de la Defensa, Alcibíades Paz, y suscrito
por el viceministro para América del Norte y asuntos
multilaterales, Jorge Valero, el Gobierno nacional solicitó
una prórroga de cinco años, que pospone la limpieza
de todas las áreas hasta octubre de 2014.
Los principales argumentos que justifican la demora señalan
que la remoción de los explosivos debe hacerse en lugares
selváticos donde, además de los largos períodos
de lluvia, operan grupos irregulares colombianos. Los directivos
de la Campaña Internacional para la Prohibición
de Minas Terrestres advierten, no obstante, que son las mismas
explicaciones que el Gobierno ha esgrimido desde 1999.
"La Campaña Internacional para la Prohibición de
Minas Terrestres quiere resaltar su profunda preocupación
por el hecho de que, nueve años después de la entrada
en vigor de la Convención para Venezuela, las operaciones
de desminado aún no han empezado", manifestaron en la
IX Conferencia de los 156 estados miembros de la Convención
de Ottawa sobre la prohibición de minas antipersonales.
Sean cuales sean las razones del Gobierno, la ONG considera
que Venezuela contradice la letra y el espíritu de la
Convención de Ottawa, cuyo artículo 5 estipula que
la remoción de las áreas minadas tiene que ser realizada
cuanto antes. "Aún más preocupante resulta el hecho
de que el cronograma agregado a la solicitud de prórroga
prevé que las tareas de desminado no empiecen antes de
octubre 2009, es decir después de vencer el plazo establecido
para Venezuela según los términos de la Convención".
Sin voluntad
No hay voluntad política con respecto al tema, dice
la abogada Rocío San Miguel desde la Asociación
Civil Control Ciudadano para la Seguridad, la Defensa y la
Fuerza Armada Nacional.
Son pocos los que conocen detalles sobre las 1.073 minas
que el segundo gobierno de Rafael Caldera instaló para
evitar ataques de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia,
como los que el 25 de febrero de 1995 dejaron a ocho militares
muertos en el puesto naval de Guafitas, estado Apure. Pero
San Miguel ha venido alertando desde 2007 que las lluvias
y la crecida del río Arauca han hecho que varios de esos
explosivos se hayan desplazado de las áreas debidamente
señalizadas. Tanto así que, basada en fuentes militares,
indica que algunos de los dispositivos han ido apareciendo
en las copas de los árboles.
La única información disponible sobre las minas
antipersonales en Venezuela es la que sale de las cumbres
internacionales, porque el Gobierno no rinde cuentas sobre
el tema dentro del país. En el Viceministerio para América
del Norte, por ejemplo, no precisaron información al
respecto, Vía telefónica, sólo dejaron abierta
la posibilidad de dar luces después, porque los encargados
estaban de asueto navideño.
San Miguel envió el mes pasado solicitudes de información
sobre minas antipersonales y otros 99 temas relacionados con
diferentes organismos del Poder Ejecutivo y el Ministerio
de la Defensa, pero la única respuesta que obtuvo fue
una negativa que señalaba que sus demandas tratan sobre
asuntos confidenciales de seguridad y defensa nacional.
Dos víctimas
Si no fuera por los peligros que acarrean las minas, este
tema no merecería espacio en la agenda noticiosa de un
año que empieza con la propuesta de una enmienda constitucional
y los augurios de una recesión económica global.
Pero resulta que en Venezuela ya hay noticias de dos víctimas
de minas antipersonales, a pesar de que la cifra de 1.073
explosivos enterrados en los puestos navales de Atabapo, Cararabo,
Guafitas, Isla Vapor, Puerto Páez y Río Arauca Internacional
no representan un problema especial si se comparan con países
como Rusia, Irak o Colombia.
Con muletas en mano, Rimy Diego Mundaraín se suma a
las voces que condenan las minas antipersonales. Razones le
sobran: hace ya cuatro años que una de esas bombas le
robó la pierna izquierda. Estaba prestando servicio militar
cuando cortaba la maleza junto al resto del pelotón.
Al terminar, su superior tocó el silbato y los infantes
de marina corrieron para formar. Fue en ese instante del 6
de diciembre de 2004, cuando pisó una bomba que se había
desplazado de su lugar original.
El informe que la Campaña Internacional para la Prohibición
de Minas Terrestres publicó en su página web indica
que "Venezuela reiteró que el sobreviviente del incidente
de 2004 recibió asistencia médica, psicológica
y económica". Pero en el barrio Virgen del Valle de La
Guaira, donde reside Mundaraín, hay otro panorama: la
ayuda de la que habla el Gobierno se refiere a 8.000 bolívares
que recibió después del accidente y un salario mínimo
de 794 bolívares, además del seguro médico
del que disfrutan todos los militares.
Le habían prometido casa, pero a falta de ella, en este
momento ni siquiera cuenta con la prótesis que le financiaron.
Él mismo reconoce que ha dejado correr el tiempo sin
pelear por una nueva pierna de plástico que sustituya
a la que dejó de calzarle hace dos años por los
kilos que ha ido ganando desde que pasa mucho tiempo en cama.
Asiente con la cabeza cuando le preguntan si cree que el
Estado debe dar más respuestas sobre su situación
económica. Aun así, prefiere ser cauto, porque todavía
guarda la esperanza de que el Gobierno lo indemnice con una
casa, que lo saque del cuarto de cinco metros cuadrados donde
vive con su mamá y sus dos hermanos.
Caso único
Hay 156 países comprometidos a erradicar las bombas
de sus territorios, desde que suscribieron los principios
de la Convención de Ottawa sobre la prohibición
de minas antipersonales. Entre ellos, los casos de Venezuela
y el Reino Unido son especialmente graves para los autores
del informe, porque "tienen una contaminación de minas
relativa, no excesiva, y no han limpiado ni una sola área
en nueve años".
Grecia, Belarús y Turquía son algunos de los estados
con mayor número de minas que no han cumplido con el
compromiso de removerlas, pero se trata de casos muy diferentes
al venezolano. El último informe de la Campaña Internacional
para la Prohibición de Minas Terrestres destaca que no
hay razón para que el Gobierno nacional no haya quitado
los pocos explosivos que guardan en 18 hectáreas del
territorio nacional.
Si los británicos tienen bombas en las islas Malvinas
como herencia de la guerra que sostuvieron con Argentina,
el país las conserva en seis puntos específicos
de los estados Amazonas y Apure, a pesar de que el último
conflicto bélico que se haya registrado formalmente en
el país fue superado a mediados del siglo XIX con el
fin de la Guerra Federal.
Steve Goose, director ejecutivo de Human Rights Watch, organización
a la que pertenece la Campaña Internacional para la Prohibición
de Minas Terrestres, concluye que al Estado venezolano "no
le interesa limpiar las minas, porque le sirven como medio
para impedir la entrada de guerrilleros colombianos".
"Venezuela ni siquiera comenzó a desminar e inclusive
sugirió que los campos de minas eran una ventaja militar
contra la infiltración" de grupos armados colombianos,
agregó el pasado 24 de noviembre Stuart Casey Maslen,
en nombre de la Campaña Internacional para la Prohibición
de Minas Terrestres, durante la inauguración de la IX
Conferencia de los 156 estados miembros de la Convención
de Ottawa.
jpoliszuk@eluniversal.com
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