CARACAS, sábado 04 de julio, 2009 | Actualizado hace
Se nos hace imprescindible aclarar que lo que motiva este artículo es el deseo de llamar a la reflexión antes que la invitación a tomar posición frente a un hecho que, salvando las distancias, podría parecernos familiar cuando existen diferencias infranqueables sobre las circunstancias.
Antes de hacer conjeturas hay que detenerse a analizar lo que se califica como golpe de Estado en Honduras. Un presidente electo democráticamente ha sido sacado del poder por la fuerza y expulsado, en ropa de cama, una madrugada. ¿No navega esto a contracorriente de la norma establecida? La ley no puede ser objeto de doblajes dependiendo de la coyuntura que en algún momento la historia pueda revelarnos. Pero no basta con sancionar y rechazar la ruptura de la regla, también la forma, el método utilizado para deshacerse del gobernante merecen ser impugnados. No obstante, habría que tomarse un tiempo antes de tomar posición sobre unos hechos que están más llenos de inconsistencias que de reflexiones previas.
Porque que Honduras haya roto un paradigma también es un hecho. A pesar de que el procedimiento ha debido ser el de acudir a los órganos jurisdiccionales y de ser preciso someter a prisión y juicio al presidente -casos se han visto en América Latina-, especialmente cuando faltaban pocos meses para las elecciones presidenciales. Por ello, también es imperioso examinar las causas, las razones inexcusables por las cuales el Poder Legislativo de ese país en pleno y su Tribunal Supremo fallaron en contra de la decisión del Ejecutivo referida a pasar lo que sería una simple encuesta no vinculante para la población. Además, habría que revisar el por qué las fuerzas armadas tomaron parte en la situación ya que se suponen garantes de la ley y hasta el momento se presta a discusión la ruptura o no del hilo constitucional. Es precisamente por eso que cada día que pasa se crecen las interrogantes sobre la teoría del "golpe de Estado" en Honduras. Será preciso un compás de espera para sacar conclusiones. Mientras tanto, he aquí algunas interrogantes al respecto.
Rompimiento del Estado de Derecho
¿En realidad se rompió el Estado de Derecho o antes bien, con la destitución del presidente, se velaría por la restauración del mismo? No se trata de justificar el uso de la fuerza, pero es bien sabido y ejemplos sobran, que en ocasiones el uso de ella, en casos extremos, -sin llegar jamás al derramamiento de sangre, porque esto tendría nuestro más profunda condena-, es el camino para evitar abusos por parte de autoridades que se desvían de sus funciones al engolosinarse con el poder y querer mantenerse indefinidamente en el mismo. Por otro lado, ¿no fue el mismísimo presidente de ese país quien hizo caso omiso de una orden judicial? Podría decirse entonces que, haciendo verdad el equilibrio de poderes, ¿el Estado hondureño hizo valer sus atribuciones ante un primer mandatario que violaba una disposición legal y rompía la institucionalidad de los poderes públicos?
Adicionalmente, el presidente interino ha manifestado su voluntad de permanecer en el poder hasta el momento que haya elecciones el venidero mes de noviembre. Por el bien del país, es de esperar que así sea.
La paja en el ojo ajeno
Como contraparte a lo anteriormente expuesto, ¿por qué las fuerzas armadas y los mismos poderes públicos no hicieron uso de los mecanismos legales para la administración de justicia. ¿Qué motivó su actuación? ¿Por qué no esperar los poquísimos meses que faltaban para las elecciones presidenciales, cuando habría sido posible el cambio de gobierno debido, según ellos, al descontento de la mayoría de su población? ¿Será posible imaginar que quienes asumieron esas acciones habrán reconocido lo que ha pasado y sigue pasando en algunos países vecinos donde presidentes electos se han valido de múltiples estrategias para gobernar a voluntad, haciendo literalmente lo que les viene en gana? ¿O es que no es cierto que se han manipulado y cambiado leyes, cerrado medios de comunicación, perseguido, apresado y condenado a prisión a disidentes, violado el debido proceso y hecho amistad con guerrilleros, además de tomado modelos obsoletos de anacrónicas revoluciones ya desaparecidas de la historia contemporánea mundial?
¿Es posible que ante tales eventos, los representantes del cuerpo legislativo hondureño, sus autoridades de justicia y sus militares no hayan querido dejar pasar un día más? Porque un día, -si lo sabremos los venezolanos-, puede cambiar el rumbo de la historia. ¿O no?
El pueblo de Honduras
El pueblo de Honduras también tiene sus posiciones. Habrá quienes aplaudan la salida de Zelaya y quienes lo quieran de vuelta. Eso es innegable. Pero también es cierto que muchos que votaron por él, incluso militantes de su mismo partido que lo apoyaron, se deslindaron de su figura dado su desempeño. Como también lo es que la razón de que un presidente sea electo por el voto popular no le da derecho a salirse de la norma e ignorar un ordenamiento legal al que debe someterse. Ello hacen los dictadores constitucionales.
Por otra parte, es bueno saber que, a pesar de puntos de vista en contrario, los pueblos sí se equivocan. Y otras veces, quienes se equivocan son los gobernantes que desmerecen el privilegio que el pueblo les otorgó cuando creyeron en ellos y fueron engañados.
Países amigos y organismos internacionales
No siempre aquel dicho popular que reza que "los amigos de mis amigos son mis amigos y los enemigos de mis amigos también son mis enemigos", es conveniente dentro del movimiento político internacional, salvo contadas excepciones. Entre esas excepciones se cuenta nuestro país, y francamente no podríamos decir que nos haya traído ventajas. Tampoco pareciera ser considerado así por gran parte del pueblo hondureño toda vez que pancartas levantadas por muchos que protestaban mostraban manifiestamente su rechazo a países como Cuba, Nicaragua, Ecuador y Venezuela. Y no vimos, al menos en las pantallas del televisor, ninguna que se mostrara contraria a esa posición. A la vez, no se han observado por el momento ninguna manifestación pidiendo ayuda al exterior para solventar la crisis que el país centroamericano atraviesa.
En cuanto a la OEA la respuesta de sanción y condena pareciera automática a la vez que contradictoria por la vaguedad de su mensaje. Se condena un golpe de Estado en Honduras cuando no hace un mes los países pertenecientes al foro americano votaron para abrir las puertas a Cuba, un país donde no ha existido democracia durante casi cincuenta años y se cercenan todo tipo de libertades. Igual decisión tomó la ONU y sin embargo hechos peores han ocurrido en muchos otros países, ¬sirva como ejemplo lo que sucede en Tíbet a manos de China. A pesar de ello, no hay empacho del organismo internacional en otorgar a este último un lugar como miembro permanente en su Consejo de Seguridad.
Conclusiones
Lo sucedido en Honduras en los albores del siglo XXI será, sin lugar a dudas, objeto de profundo análisis. Entre tanto, más allá de opiniones de prensa y posiciones individuales o multipolares a favor o en contra de los acontecimientos, es innegable que en nuestro continente queda aún por aprender sobre gobernabilidad, equidad y autodeterminación de los pueblos. Y también sobre reprobaciones o solidaridades automáticas pregonadas con ligereza y basadas en leyes que cambian de recitador según convenga.
Sólo nos queda desear que los hondureños encuentren un futuro cierto donde no halle cabida la violencia, donde impere la ley, donde encuentren tierra fértil la libertad, la justicia y la paz.
anamariavaleri@gmail.com
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