CARACAS, domingo 05 de julio, 2009 | Actualizado hace
El golpe es contra Chávez
El derrocamiento, la deposición, la sustitución de Manuel Zelaya es un golpe contra Chávez. Los que agarraron a Zelaya lo que querían era frenar la intervención de Chávez en Honduras. Zelaya es un incidente menor de esta historia y la verdad del asunto es que el gran derrocado en Honduras es el venezolano. Zelaya regresará o no regresará como Presidente; las fuerzas internacionales que pugnan por reinstalarlo lo harán o no lo harán. Eso se verá en los próximos días; sin embargo, lo que es seguro es que Chávez fue derrocado en Honduras; el proyecto chavista ha sido frenado en seco en ese país y, posiblemente, en Centroamérica, a pesar del impresentable Daniel Ortega. El eventual regreso del hondureño sería el de un alma en pena, sin que el Ángel de la Guarda venezolano pueda volver a meter su extremidad en aquel país, al menos en términos inmediatos. Sea lo que sea, los que auspiciaban la intervención chavista en Honduras, por ahora están derrotados.
La Secuencia. Agarrar a un presidente en kimono, montarlo en un avión y depositarlo en un aeropuerto extranjero es un golpe. No obstante, la descripción del hecho no es suficiente. Ése fue un golpe contra el golpe que se proponía Zelaya, cuyo guión ya está escrito. Paso 1: usted convoca una consulta popular amañada, no prevista o prohibida en la Constitución política; Paso 2: las fuerzas de oposición pegan el grito en el cielo; las instituciones lo rechazan; Paso 3: usted sigue adelante porque "el pueblo manda"; Paso 4: con cualquier volumen de electores y forzando la barra, se obtiene el ansiado Sí; Paso 5: usted ya tiene el poder y reinterpreta como la dé la gana el asunto; Paso 6: Convoca a una asamblea constituyente y, prevalido del poder que le da la política de hechos cumplidos, disuelve el Congreso y la Corte; Paso 7: Logra la extensión de su período constitucional o la reelección; Paso 8: usted usa el ventajismo y el fraude, gana las elecciones presidenciales y se instala por siempre en el poder; Paso 9: modifica toda la estructura institucional y hace invulnerable su permanencia en el poder; Paso 10: como hace elecciones, usted es un demócrata certificado por Chávez y Raúl Castro.
Lo que Zelaya hizo fue aprender de Chávez; pero, lo que los partidos políticos, los magistrados de la Corte, los parlamentarios y sus propios correligionarios hicieron también fue aprender de Chávez. Por la experiencia venezolana, exportada a Bolivia y a Ecuador, éstos sabían lo que venía y lo pararon en seco antes de que una fraudulenta consulta (en realidad no era preguntar por "la cuarta urna" sino por la constituyente) legitimara el inicio de la secuencia anotada más arriba.
VERSO A VERSO. El que la Corte Suprema hubiese prohibido la realización de la "encuesta" de Zelaya y que el Congreso también la hubiese rechazado lo tomaron los militares y los partidos como una "orden" para amarrar a Zelaya. Todos entienden, partidarios y opositores de éste, nacionales y extranjeros, que es una explicación ad hoc. Es una ilegalidad precedida por la ilegalidad de Zelaya, quien, violando normas expresas de la Constitución de su país quiso aplicar el chavismo sin anestesia en una sociedad alerta. La ruptura institucional la inició Zelaya y, en ese marco, vinieron las acciones posteriores, incluida la que lo empaquetó a Costa Rica. Nadie puede decir que lo que los militares hicieron es un golpe sin decir, al mismo tiempo, que lo de Zelaya lo era también. Los militares actuaron con el Congreso y el Poder Judicial en contra del Poder Ejecutivo, salido de madre. Violación generalizada.
LOS MILITARES ESTÁN ALLÍ. No es cierto que desde que se instaló la actual ola democrática en América Latina éstos se encuentran dedicados a tejer escarpines. Siguen con un alto nivel de politización, sea como institución, sea como logias. Algunos acontecimientos latinoamericanos así lo demuestran: los golpes de Chávez en 1992; el golpe de Fujimori, con apoyo militar, ese mismo año; los derrocamientos de Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez en Ecuador, en 1997, 2000 y 2005, respectivamente; el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia, en 2003; la defenestración de Fujimori en 2000; la eyección de Chávez en 2002; los dos derrocamientos de Aristide en Haití, en 1991 y 2004; y ahora lo de Honduras.
En esos casos, los militares actuaron políticamente. La diferencia, en los tiempos que corren, es que ahora no se proponen tomar el poder para sí mismos, sino que asumen la tarea de decir quién lo va a hacer. Se convierten en los articuladores de las salidas a la crisis política. Este papel de los militares es producto de la destrucción sistemática de las demás instituciones.
Debe notarse que varias de estas intervenciones militares han sido complemento y resultado de dinámicas de insurrección civil, con multitudes en las calles, o ante la demanda de sectores de la sociedad que no encuentran las maneras de concertar salidas de bajo costo a las crisis políticas.
En otros países, el alto perfil de los militares no tiene el propósito de cambiar gobiernos. En Brasil y en México colaboran en los esfuerzos contra el crimen organizado y el narcotráfico. En Colombia, en el combate contra las guerrillas y el narcotráfico (más recientemente, contra los paramilitares). En estos casos, aunque los militares no están en el vértice de alguna crisis en el sistema, pasan a cumplir un papel sobredimensionado que, en algún momento futuro, tendrá su impacto y sus dolores.
Paradojas. Ha resultado francamente patético ver a un golpista como Chávez desgarrado porque los militares de Honduras hicieron lo que él hizo, con varias diferencias, pero una significativa es que Chávez es responsable directo e intransferible de muchas, muchas muertes de soldados, oficiales, policías y ciudadanos, lo que hasta el momento no ha ocurrido en aquel país. Otra nota barroca la ha puesto Raúl Castro, quien con cara de perro ha tenido el arrojo y la impudicia de reclamar democracia y de sumarse al coro de los que piden bloqueo para Honduras.
LA GRAN PREGUNTA. Existe una pregunta que ronda en América Latina y en los países que padecen autoritarismos de variadas estirpes, incluido Venezuela. Se trata de ponderar hasta qué punto la defensa de la democracia admite procedimientos no democráticos. La respuesta es clara en las dictaduras tradicionales; nadie le podría haber pedido a quienes se enfrentaron a Pérez Jiménez o a Somoza que no utilizaran todas las armas disponibles para derrocarlos, pacíficas y violentas, legales e ilegales. Pero, ¿qué es lo permitido y posible contra los autoritarismos del siglo XXI en un mundo globalizado?
Mientras tanto, Venezuela espera impaciente el desembarco militar en Honduras del neoimperialismo rojo de Chávez, junto a Zelaya. Aunque ya hay indicios de que el Capitán Araña, el que "a todos embarca y a todos engaña" ha dicho una vez más: "Juntémonos los más bravos... y vayan ustedes".
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